domingo, 29 de enero de 2012

"Es humano si lo acepta la sociedad"

Nota de la Blogger: Este artículo lo he extraído de la revista “El Aborto. Implicaciones médicas, sociales, económicas, éticas y políticas” pero en ella no se cita al autor de este escrito. Sin embargo parece que están apoyados en los escritos y comentarios del Profesor Jérome Lejeune. Ofrezco mis disculpas a los lectores y al autor. Tan pronto tenga su nombre haré la edición de esta entrada.

Tópico: “Lo engendrado es humano solamente por las relaciones que la sociedad circundante mantiene con él. Un ser humano no se hace por el suceso biológico de unirse un espermatozoide a un óvulo, sino por el concurso de los otros, a través de la palabra, el aprendizaje, las relaciones afectivas y, previamente, por la aceptación que el otro haga de él. Sólo si los padres desean al hijo puede decirse que el producto biológico se hace humano; quien no pueda aceptar esta responsabilidad debe interrumpir el embarazo.”

Este tópico acepta que, aun suponiendo que el cigoto fecundado en la mujer se diferenciara sustancialmente de otros cigotos animales, la vida humana carecería de un valor intrínseco, independientemente de lo que hacen los otros para hacerla verdaderamente «humana». Seríamos seres humanos en tanto que otros seres humanos nos ayudan a serlo. Sólo entonces «eso» biológico se convertiría en un «tú»: Y si en la sociedad se considerara que un nuevo hijo es un estorbo, entonces la interrupción del embarazo no sería un aborto, sino una dolorosa exigencia social.

Este argumento responde al enfoque «colectivista» del hombre, propio no sólo del socialismo marxista, sino del fascismo nazi.

Para el colectivismo, sólo el todo es lo sustancial y fundamental; el individuo es únicamente un ente incompleto, parte de un organismo perfecto. Y así como la mano, parte del cuerpo, no puede existir sin el todo, igualmente el individuo carece de sentido existencial fuera de la comunidad. Lo verdadero es el todo. El hombre sólo tiene derechos en la comunidad, por la comunidad y para la comunidad.

Carlos Marx, en su sexta tesis sobre Feuerbach había dicho que «la esencia humana no es algo abstracto que sea interno al individuo singular; porque en realidad «es el conjunto de las relaciones sociales».

Como se ve, el colectivismo es una filosofía de la colmena. ¿Y quién ha observado una abeja, o una hormiga, trabajando para sí misma? En sus vuelos, en sus ires y venires, en sus acarreos del néctar, sólo tiene una finalidad: el aprovisionamiento de la colmena. La abeja solitaria —esa abeja Maya de programas televisión— es pura ficción literaria. La abeja, como singular, sólo tiene sentido para el todo. Fuera de ente colectivo, para ella sólo hay la extinción inmediata.

En la filosofía de la colmena, lo primario es el todo, el colectivo, por quien dan su vida y sus intereses los individuos. Estos carecen de sustancialidad propia. No existe primero el sujeto y después la relación social. Primero es el todo social, la relación sistemática. Después viene como parte recambiable, el individuo. La sociedad colectivista termina uniformando a los sujetos, o sea, anulándoles la iniciativa.

En verdad, el colectivismo subraya algo cierto, a saber, que el hombre es un ser que vive en sociedad: su inteligencia, su voluntad y sus sentimientos no podrían desplegarse adecuadamente sin la presencia de los demás hombres. La sociedad no es una simple suma de individuos, sino la suma de esos individuos, más unas relaciones originales que tienen leyes propias. Pero el colectivismo no ve que esas relaciones no son el hombre, sino que son del hombre, cuyo ser es más original y profundo que las relaciones que lo ligan a los demás. El prejuicio del tópico comentado estriba en creer que el hombre sólo es en tanto que es aceptado por los demás, llámense padres o sociedad en general.

Frente a ello hay que afirmar que la persona posee anterioridad natural respecto de la sociedad, de tal manera que sus derechos no le vienen del medio social en que vive sino de su condición sustantiva de ser persona.

Si de la sociedad dependiera reconocer el derecho a la vida a un ser y no reconocerlo a otro, se caería fácilmente en el racismo, en la discriminación arbitraria, por razón de edad, sexo o color. El derecho a la vida es anterior al juicio que la sociedad puede dar sobre él. Por muy reducidas que un anciano tenga sus capacidades, por muy pequeño que el embrión sea, hay un derecho a la vida que la sociedad debe sancionar. Y si el embrión no es ya humano, tampoco lo será más adelante cuando nazca; como no lo el chimpancé nacido, por más «derechos» que la sociedad pudiera otorgarle.



jueves, 19 de enero de 2012

"interrupción voluntaria del embarazo"


Nota de la Blogger: Este artículo lo he extraído de la revista “El Aborto. Implicaciones médicas, sociales, económicas, éticas y políticas” pero en ella no se cita al autor de este escrito. Sin embargo parece que están apoyados en los escritos y comentarios del Profesor Jérome Lejeune. Ofrezco mis disculpas a los lectores y al autor. Tan pronto tenga su nombre haré la edición de esta entrada.

Con la llamada “ley del aborto” sólo se indica una ley de “interrupción” del embarazo; muchas personas serían contrarias a un aborto avanzado pero, sin embargo, son partidarias de la interrupción del embarazo en sus comienzos.

Como el término “aborto” suscita, lógicamente, la idea de “muerte”, se utiliza, para mantener un tono más aséptico, la expresión “interrupción voluntaria del embarazo”, que oculta además, frecuentemente, bajo sus siglas I.V.E.

Interrupción del embarazo, aborto terapéutico, ley de liberación de la mujer, etc., son expresiones eufemísticas con las que se quiere encubrir la gravedad objetiva del hecho de atentar contra la vida indefensa. Conviene estar en guardia ante las formas “sentimentales” y “humanísticas” conque se busca disfrazar lo que sólo tiene un nombre.

He aquí un párrafo, aparentemente claro, que oculta con un eufemismo la realidad de un crimen:
“Una cosa es la práctica del aborto para desembarazar a una persona de la carga de un hijo y otra cosa es la intervención medica perfectamente controlada cuando se ven condiciones graves que afecten la salud física o mental de la madre y, tal vez, también en el caso de violación” (Joaquín Ruíz Jiménez, ABC, 7-2 1979, P. 46)

Por otro lado, el tópico supone que la falta de la regla en la mujer por causa del embarazo puede considerarse como algo “anormal” que puede atajarse en cualquier momento; por ejemplo, impidiendo enseguida la anidación del ovocito mediante los llamados “anticonceptivos orales”, muchos de los cuales tienen efectos abortivos sobre el ovocito (óvulo fecundado), efectos que son suavizados con las expresiones “control de la ovulación”, “reposo ovárico”, “regulador del ciclo”, etc. De hecho, estos “anticonceptivos orales” actúan primero sobre el hipotálamo, por cuyo mecanismo bloquean la ovulación; después, sobre las trompas, bien con estrógenos que, al aumentar la movilidad, hacen que el óvulo fecundado llegue al útero antes de estar preparado para la anidación, bien con gestógenos que, al disminuir la movilidad, hacen que el óvulo llegue tarde al útero, cuando ya ha muerto por falta de nutrición. Asimismo, el anticonceptivo actúa sobre la mucosa del útero, impidiendo que l endometrio quede dispuesto para recibir y anidar el óvulo fecundado.

Se silencia, además, el hecho de que tales contraceptivos arrastran efectos secundarios en la mujer, como trombosis, hipertensión, esclerosis vascular, diabetes, cáncer y trastornos psicológicos.

En definitiva, debe quedar claro que la interrupción del embarazo, bien sea por contraceptivos orales en su primera fase, bien sea por métodos mecánicos o quirúrgicos más violentos en fases avanzadas de la gestación, es siempre un aborto, o sea, un atentado contra una vida humana inocente.


miércoles, 4 de enero de 2012

¿El progreso exige aprobar el aborto?

Nota de la Blogger: Este artículo lo he extraído de la revista “El Aborto. Implicaciones médicas, sociales, económicas, éticas y políticas” pero en ella no se cita al autor de este escrito. Sin embargo parece que están apoyados en los escritos y comentarios del Profesor Jérome Lejeune. Ofrezco mis disculpas a los lectores y al autor. Tan pronto tenga su nombre haré la edición de esta entrada.

Tópico: Prohibir el aborto es un tabú del que hay que liberar a una sociedad que quiera estar a favor del progreso. Así lo han visto las naciones más progresistas del mundo en las que ha sido legalizado.

No se ve por qué las prácticas abortivas representen un progreso, ni en un orden material, ni en un orden moral. Tampoco la ley moral es un tabú que el progreso tenga que eliminar.

La serie de adjetivos y expresiones que se aplican quienes desean la implantación del aborto puede resumirse en ésta postura: «progresista y liberal», frente a los «retrógrados e inmovilistas», obstinados en mantener una «ley conservadora».

Desde luego, el adjetivo que más cuadra a quien pretende guardar la vida humana es el de «conservador».

El tópico olvida que análogamente a como la libertad cuenta con condicionamientos naturales, también tiene en conformidad con la ley moral su meta: se trata de un vínculo que no es establecido por la propia libertad. Y el verdadero progreso está en que la actividad del hombre y las leyes sociales se conformen cada vez más a esa meta moral.

«Las discusiones sobre el aborto —decía Julián Marías— han hecho aflorar una apelación, que de vez en cuando aparece, al ejemplo de los países civilizados. Se ha llegado a decir que la legalización del aborto nos “europeiza”. En todos los países, en todas las épocas ha habido crímenes, crueldades, violencias y —no lo olvidemos— estupideces. En algunos, y en ciertas fases de la historia, se han hecho además maravillosas creaciones intelectuales, artísticas, políticas y —no lo olvidemos tampoco— morales. Estas creaciones son las que autorizan a llamar civilizados a algunos países.

Lo más grave, a mi juicio, que ha ocurrido en el mundo occidental durante todo el siglo XX, sin excepción, es la aceptación social del aborto.

Demasiado sé que muchos países civilizados le han dado curso legal, con unas u otras restricciones, con unas u otras hipocresías. Pero no me parece indicio de civilización, sino todo lo contrario; ni creo que sea un progreso, sino una brutal regresión a épocas que se creían definitivamente superadas».

El Dr. Bernard Nathanson nos pone en guardia, desde su propia experiencia de médico abortista arrepentido, sobre el modo en que se orquestan las campañas que, en pro de la emancipación y del progreso, reivindican el aborto:

«En 1968 organicé un grupo llamado Asociación Nacional para la Revocación de las Leyes del Aborto. A nuestros contrincantes los cogimos durmiendo. En esta organización, que unió todas las fuerzas que había entonces en pro del aborto, ideamos una serie de tácticas para nuestra campaña. Le dijimos al público que de diez a quince mil mujeres morían cada año debido a los abortos clandestinos. De hecho, sabíamos por nuestras investigaciones que el número era más bien de doscientas o trescientas. Inventamos también lemas sumamente persuasivos y agresivos, como «la mujer tiene derecho al dominio de su propio cuerpo», «libertad de elección», «la conspiración católica» y otros similares.

Establecimos una clínica bajo el nombre de Centro de Salud Sexual y de la Reproducción, un eufemismo bastante bueno para lo que a fin de cuentas se convirtió en un matadero. Durante la época en que fui director de la clínica se practicaron 60.000 abortos, aproximadamente 120 diarios. Yo mismo, personalmente, he realizado cerca de cinco mil abortos a lo largo de mi vida.

La clínica generaba unos ingresos de cinco millones de dólares anuales».

A través de estas declaraciones uno se pregunta: ¿dónde está el lazo que une la libertad, la democracia y la cultura con el aborto?

En Inglaterra, Anne O'Donnel, portavoz del Life Labour Group, creado en el seno del grupo

laborista, afirmaba en el curso de una campaña en pro de la vida:

«El principio socialista de la distribución según las necesidades ha inspirado nuestra acción hacia los ancianos, los enfermos, los disminuidos, los parados, los mal pagados: ¿Cómo abandonaremos según esto, a quien está en la más grande necesidad, el niño no nacido (unborn child)?».

Esta afirmación de socialismo —plausiblemente sincera y consecuente— inspiró un pequeño comentario en Le Monde a Jean Toulat, autor de Le Droit de naitre:

«Anne y sus amigos lo saben: la actitud de progreso consiste en promover una real libertad de no abortar. Hay que tomar medidas de orden familiar y social para favorecer la protección de la vida; las cuales ayudarían a que la mujer evitara esta prueba del aborto».