miércoles, 28 de diciembre de 2011

Amor debe ser libre y sin embarazo

Nota de la Blogger: Este artículo lo he extraído de la revista “El Aborto. Implicaciones médicas, sociales, económicas, éticas y políticas” pero en ella no se cita al autor de este escrito. Sin embargo parece que están apoyados en los escritos y comentarios del Profesor Jérome Lejeune. Ofrezco mis disculpas a los lectores y al autor. Tan pronto tenga su nombre haré la edición de esta entrada.

Tópico: "El amor debe ser libre y sin consecuencias de embarazo Bien está que la criatura nazca cuando es querida previamente por sus progenitores, pero si éstos no la desean o no la han planificado debe ser considerada como una amenaza al equilibrio amoroso de la pareja. «Un hijo si yo quiero y cuando quiero»"

Este argumento responde al enfoque «individualista» del hombre, propio de muchos círculos capitalistas y liberales del área occidental (europea y norteamericana).

El individualismo resume la actitud del tigre: ¿Pues quién ha visto un tigre, en condiciones normales, cazar y vivir en manada?

Para él, los demás animales, incluidos los otros tigres, son los rivales, la competencia. El individuo es aquí lo primero y radical, lo sustancial, lo que no necesita de otro para existir. Por tanto, las relaciones que se establecen entre individuos son siempre postizas, sobreañadidas, creadas por los propios individuos mediante pacto o acuerdo. Y lo mismo que las crean pueden también destruirlas. Así, el matrimonio es una pura creación humana, sin normas que obliguen mas allá de lo que los sujetos quieran obligarse. Lo real es el individuo. Lo fingido es la relación que establece con otro.

El individuo es, como su nombre indica, indivisum, cerrado y enquistado en sí mismo, sin poros por los que se comunique con los demás. No hay una comunidad de esencia que englobe realmente a los individuos y, por tanto, éstos están siempre libres de una norma universal que los pudiera arrancar de esta esencia. Los requerimientos del individuo deben ser cumplidos entonces en franca competencia con los demás, porque el otro querrá dominar tanto o más que yo. El modelo de relación interpersonal se rige así por la dinámica del arbitrio, de la zancadilla al menor descuido. El individuo, como cada tigre, defiende su propio territorio.

El individualismo dice que para que haya matrimonio basta que dos seres humanos se pongan de acuerdo, sin subordinarse a un bien común; los contrayentes se comportan como contratantes, como comprador y vendedor de un producto. Pero el auténtico humanismo exige que las dos personas se subordinen a un bien común, a una idea que se pretende realizar.

Decía Saint-Exupery que el amor no consiste tanto en mirarse el uno al otro, como en mirar los dos juntos en una dirección. Por amor realizan dos una misma obra, una idea, un proyecto de vida. Ese proyecto de vida no es arbitrario, sino que está fundado en la constitución humana de la que brota el amor. Nosotros no nos hemos hecho sexualmente complementarios; y por ser ya sexualmente complementarios, podemos libremente proyectar una comunidad conyugal de ayuda mutua; este es un integrante de tal proyecto de vida. Además, nosotros no nos hemos hecho físicamente aptos para procrear; por eso asumimos el proyecto que la naturaleza dibuja de fecundidad en el hijo.

Los esposos no son dos rivales, ni dos seres que hagan cada uno su negocio; porque los dos hacen juntos un mismo asunto: hay un consorcio de vida, una comunidad de destino, en donde lo primario no es el acuerdo de voluntades, sino el fin común por el que se unen libremente.



viernes, 23 de diciembre de 2011

"El feto no tiene ni alma ni personalidad "

Justificar a ambos lados
Nota de la Blogger: Este artículo lo he extraído de la revista “El Aborto. Implicaciones médicas, sociales, económicas, éticas y políticas” pero en ella no se cita al autor de este escrito. Sin embargo parece que están apoyados en los escritos y comentarios del Profesor Jérome Lejeune. Ofrezco mis disculpas a los lectores y al autor. Tan pronto tenga su nombre haré la edición de esta entrada.

Tópico: “El ejercicio de la inteligencia racional es signo inequívoco de un ser con alma espiritual que se distingue de los animales; pero esta inteligencia no aparece hasta después del nacimiento. Luego el alma es infundida tardíamente en el embrión. Y cuando todavía no hay alma en el feto no se puede decir que nos encontramos ante un ser humano con personalidad a la que atribuir derechos; por tanto, tampoco podemos decir que el aborto sea un homicidio."

En verdad no puede decirse que la inteligencia «racional» aparezca en el niño una vez acaecido el nacimiento. Los psicólogos explican que las funcio­nes específicas de la inteligencia, como intuir, razo­nar y abstraer, llegan a su plenitud en la adolescencia, ni siquiera están acabadas en la infancia.

La objeción del tópico confunde la «posesión de inteligencia» con su «ejercicio actual». Es obvio que el paciente adulto sometido a una anestesia general no piensa, ni razona. ¿Puede decirse que esté sin inteligencia? No. Entonces, ¿es la simple ausencia de actividad mental un signo de que su vida no es humana? No. ¿Acaso no esperamos que despierte de la anestesia para comunicarnos con él, convencidos de que nos entenderá? ¿Por qué iba a ser diferente con el feto?

Ciertamente éste no piensa todavía, pero si «esperamos» un poco veremos cómo también nos entiende, porque el desarrollo orgánico de su cerebro apunta a la consumación conceptual, intuitiva y discursiva de su inteligencia.

¿Qué fundamento tendría esta «espera»? Precisamente el sustrato de su inteligencia, el cerebro, el cual es accesible a la observación científica.

“EI cerebro en formación —decía Lejeune— está en su sitio a los dos meses, pero serán precisos nueve meses para que sus cerca de cien mil millones de células estén todas constituidas. ¿El cerebro está entonces acabado cuando el niño nace? No.

Las innumerables conexiones que enlazan las células con millares de contactos entre cada una de ellas no estarán establecidas todas hasta los seis o siete años. Lo que corresponde a la edad de la razón».

La inteligencia racional, como facultad espiritual cognoscitiva del hombre, se despliega en la medida en que el sustrato orgánico o cerebro lo permite. Pero puede permitirlo sólo porque está ya «animado»; o sea, el alma es el principio espiritual por el que el embrión humano, distinto específicamente del animal, desarrolla una corporalidad precisa y un cerebro complicadísimo que permite que se ejercite una de las funciones anímicas: el entender racional.

Cuando se ignoraban los datos biológicos concernientes a la dotación genética del embrión, fue una cuestión controvertida, sobre todo en la Edad Media, la de en qué momento se produce la animación del feto. El estado actual de la ciencia permite concluir que desde el momento de la concepción se trata de un ser humano biológicamente constituido, apto para la recepción del alma.


Incluso los autores que estuvieron a favor de que el alma racional no la tenía el feto desde el principio, no por ello dejaban de considerar el aborto como un delito contra la vida humana porque, según su opinión, era persona en potencia.


Porque aunque no tuviésemos certeza del momento exacto en que el alma humana entra en el cuerpo, no podemos matar un feto si solo es «probablemente» no humano, de la misma manera que no enterramos a un adulto que sólo está «probablemente» muerto.


La ciencia moderna disipa cualquier probabilidad en contrario: es humano, con un plan específico de funcionamiento y maduración, y nada le es añadido desde el momento de la fecundación hasta la muerte.


El caso de ciertos códigos de derecho positivo que asignan la «personalidad jurídica», o sea, la titularidad de derechos, sólo al sujeto nacido, no cambia en absoluto la situación.


En primer lugar, porque la atribución de la cualidad de «persona jurídica» al feto alumbrable no es unánime en la doctrina jurídica.


En segundo lugar, porque en el plano del derecho positivo, la noción de «persona» se ha convertido esencialmente en «legal», normativista, en el sentido de que la ley fija discrecionalmente el momento en que al sujeto humano le conviene tal cualificación.

Pero eso no quiere decir que el embrión no sea persona humana, o sea, un ser corporal con capacidad de entender y querer libremente. Al decir «capacidad», se quiere indicar el hecho de que no siempre entiende y quiere, como ocurre con un anestesiado, un durmiente, un enajenado momentáneamente o un no nacido.

En tal sentido, se han dado ya casos de tribunales americanos que, a efectos de herencia, han considerado al niño no nacido con los mismos derechos que el nacido. (Doe Vs. Clake, 2hB. 1.399, 126, Eng. Rep. 617; y Thelluson Vs Woodford, 4 Ves. 227, 13, Eng. Rep.117)


En resumen, el nacimiento no es el comienzo de una vida humana personal, sino un simple estadio de su forma única. Los niños no nacidos son personas con derechos ante la ley, aunque una ley positiva, confeccionada por los hombres, no se los reconociere.





***Les dejo un vídeo acorde con el tema. Se trata de la intervención del Dr. Carlos Fernández del Castillo Sánchez, Director del Centro Mexicano de Ginecología y Obstetricia SC***



miércoles, 14 de diciembre de 2011

"La mujer es dueña de su cuerpo "

Nota de la Blogger: Este artículo lo he extraído de la revista “El Aborto. Implicaciones médicas, sociales, económicas, éticas y políticas” pero en ella no se cita al autor de este escrito. Ofrezco mis disculpas a los lectores y al autor. Tan pronto tenga su nombre haré la edición de esta entrada.

“La mujer es dueña de su propio cuerpo. Nada le impide disponer del mismo y del feto que ha crecido en él, algo biológicamente indeterminado, asimilable al organismo materno y, por tanto, eli­minable como un trozo sobrante.”

Parece como si el tener un hijo concerniese exclusivamente a la mujer, y no también al padre que ha prestado su colaboración para engendrarlo. Ya se ha visto que el óvulo fecundado u ovocito posee, reunidos en parejas, 23 cromosomas de la madre y 23 del padre. El ser fecundado es ya un «individuo» irrepetible, dotado de una estructura genética única, por lo que no puede ser asimilado al organismo materno, cuyas células corporales tienen una dotación genética programada por el DNA de una manera completamente distinta.

En palabras del doctor Botella Llusía: «Cuando el ovocito se pone en contacto con el espermatozoide, se da lugar a un código genético nuevo. El mensaje de la nueva célula hija es ya distinto al del padre y al la madre. Es, tanto en cuanto a herencia como en cuanto a biología molecular, un individuo nuevo. Es ya un ser extraño dentro de otro, un ser vivo dentro de otro ser vivo, y su carácter ajeno es tal que el organismo de la mujer tiene que poner en marcha complicados mecanismos inmunológicos para que el fruto no sea eliminado como se rechaza un injerto. En el camino que va desde las células del ovario, del feto hasta el niño parido al término de los nueve meses, en esta línea que llamamos «línea germinal», hay un momento abrupto: el momento de la fecundación, que marca el comienzo de una vida nueva». (Anales de la Real Academia Nacional de Medicina)

La expresión de que la mujer es dueña de su cuerpo es ambigua y falsa como enunciado de alcance general, ya que nadie se ha dado a sí mismo ni el cuerpo ni ningún componente de su ser. Pero, además, no es cierto que el feto sea biológicamente una parte del cuerpo de la madre, puesto que ya está definido en sus características individuales, cuya formación puede irse siguiendo a los largo de los tres primeros meses del embarazo.

“Antes del nacimiento, el feto posee varias partes auxiliares que utiliza únicamente mientras vive en el útero. Tiene su cápsula espacial, el saco amniótico; su cordón vital, el umbilical, y un sistema de raíces, la placenta. Todo esto es suyo y no de la madre, pues se desarrolló a partir de su célula original”. (The Secret Word of Baby, Day & Liley, Random House)

El embrión muestra una enérgica individualidad en su funcionamiento; he aquí unos datos to­mados del Prof. Lejeune:

Al sexto día, con sólo milímetro y medio de longitud, comienza a estimular, por un mensaje químico, el cuerpo amarillo del ovario materno para suspender el ciclo menstrual. Es una primera afirmación de autonomía, ya quiere ser, obligando incluso a suspender el ciclo de la madre para no ser expulsado.

Al décimo-octavo día de vida (cuatro días después de la falta de la regla) empieza a formarse el cerebro y se esbozan las piernas y los brazos.

Al mes, el embrión tiene cuatro milímetros y medio (algo menos que un mosquito normal) y, aún así, su minúsculo corazón late ya desde hace una semana.

A los 45 días después de la falta de la regla, mide unos tres centímetros de la cabeza a las posaderas; pero ya está casi acabado, con manos, pies, cabeza, órganos y cerebro, pudiéndose registrar ondulaciones en el electroencefalograma.

A través de un microscopio no muy potente podrían verse las rayas de la mano y las huellas digitales, las que le acompañarán toda la vida y vendrán a figurar en el documento de identidad. Su glándula genital, apenas formada, ha evolucionado en el sentido de un testículo o de un ovario.

A los 60 días de la falta de menstruación funciona ya su sistema nervioso: «si se le roza el labio superior con un cabello mueve los brazos, el cuerpo y la cabeza en un movimiento de huida».

A los 90 días «agarra firmemente el bastoncillo que se pone en su mano y comienza a chuparse el dedo esperando su liberación». En el seno de la madre comienza un desarrollo que sólo culminará muchos años después de nacido.

El hecho de que el desarrollo del nuevo ser dependa de condiciones externas, ambientales y maternales no añade nada a su ser sustancial, ni lo define como parte del organismo materno.

Por lo demás, es obvio que un niño nacido a los nueve meses de gestación tampoco puede vivir «independientemente» de la madre o de los cuidados apropiados. Como tampoco es independiente hasta que llega a la edad madura, aún en esta etapa, siguiendo el citado tópico, habría que negarle el derecho a seguir viviendo.

Hay una anécdota que ejemplifica bien la para­doja de la petición de aborto que una mujer hace a un ginecólogo. El médico pregunta: «¿Quiere Vd. abortar a su hijo? En verdad lo que me pide es que se lo mate yo. Pero le propongo otro plan: yo le ayudo a tener a su hijo y en cuanto nazca usted lo coge entre sus manos y lo mata apretándole sencillamente el cuello».

La mujer responde horrorizada: «No, no, eso no».

El médico acaba con estas palabras: «¿Por qué he de matarlo yo y no usted?».





miércoles, 7 de diciembre de 2011

"El feto no es todavía un ser humano"

Nota de la Blogger: Este artículo lo he extraído de la revista “El Aborto. Implicaciones médicas, sociales, económicas, éticas y políticas” pero en ella no se cita al autor de este escrito. Ofrezco mis disculpas a los lectores y al autor. Tan pronto tenga su nombre haré la edición de esta entrada.

"Lo que crece en el vientre de la mujer no es un ser humano, sino un conjunto o grumo de células, un «tejido fetal», una «masa de protoplasma», un apéndice de la madre, que puede extirparse a placer. A lo sumo el embrión es un proyecto, una posibilidad, un dibujo remoto y pálido de una persona."

En este tópico se niega carácter humano al embrión, bien por opinar que carece de identidad orgánica y genética, bien por creer que todavía no tiene viabilidad.

Por lo que a la identidad genética del feto se refiere, el tópico supone que la eliminación del óvulo fecundado no puede ser condenada como un atentado al valor absoluto de la vida humana, porque, si antes de la fecundación el espermatozoide es una potencialidad de vida, también será una potencialidad de vida el cigoto fecundado.

La fecundación del óvulo por el espermatozoide no daría lugar a un ser cualitativamente nuevo respecto a lo que las dos células generativas eran anteriormente por separado. Y así como no se condena como un homicidio la masturbación o derrame voluntario de espermatozoides, tampoco debería ser condenada como homicidio la eliminación del óvulo fecundado.

Esta opinión desconoce el hecho de que al unirse en la trompa de falopio las dos células generativas (espermatozoide masculino y óvulo femenino) surge un ser vivo nuevo, determinado concretamente, de manera que conserva su individualidad hasta la muerte.

La biología denomina el fruto de la concepción en las sucesivas fases de su desarrollo como cigoto, embrión o feto. El cigoto es el óvulo fecundado, o sea, el punto de partida del desarrollo.

El embrión no es un proyecto de vida, sino una vida. Y no es menos vida a las dos horas de ser concebido que a los nueve meses, cuando se da a luz. Los conocimientos biológicos confirman que en el óvulo fecundado están ya inscritas todas las características del individuo: sexo, talla, color de los ojos y de los cabellos, forma del rostro y hasta temperamento.

Con la nueva vida acontece algo parecido a lo que ocurre en el interior de una cinta magnetofónica. El ejemplo es del Profesor Lejeune, Catedrático de Genética Fundamental en la Universidad de la Sorbona, fundador de la Genética clínica:

«Sobre la cinta de un magnetofón es posible inscribir, por minúsculas modificaciones locales magnéticas, una serie de señales que correspondan, por ejemplo, a la ejecución de una sinfonía. Tal cinta, instalada en un aparato en marcha, reproducirá la sinfonía, aunque ni el magnetofón ni la cinta contengan instrumentos o partituras. Algo así ocurre con la vida. La banda de registro es increiblemente tenue, pues está representada por la molécula de DNA, cuya miniaturización confunde al entendimiento...

La célula primordial es comparable al magnetofón cargado con su cinta magnética. Tan pronto el mecanismo se pone en marcha, la obra humana es vivida estrictamente conforme a su propio programa...

El hecho de que el organismo humano haya de desarrollarse durante sus nueve primeros meses en el seno de la madre no modifica en nada esta constatación. El comienzo del ser humano se remonta exactamente a la fecundación y toda la existencia, desde las primeras divisiones a la extrema vejez, no es más que la ampliación del tema primitivo. (Cuando comenzamos a vivir, NT, 1974 N° 238, pp. 6-7)".

Los abortistas procuran que el gran público ignore estas cuestiones, ofreciendo a cambio la versión de que la vida humana empieza a los tres meses, o cuando el feto es viable fuera de la madre. El plazo siempre es variado a conveniencia. Porque además la «viabilidad» es siempre relativa: hace cuarenta años se estimaba que un niño era viable a las 30 semanas; hoy la ciencia médica puede hacer que lo sea a las 20 semanas; y sobran indicios para pensar que en breve lo pueda ser a las 12 o 15 semanas.

De ahí que en la Conferencia Internacional sobre el Aborto, celebrada en Washington, y en la que estaban presentes médicos, juristas, biólogos, sociólogos y demógrafos, "no se pudo encontrar ningún punto, entre la concepción y el nacimiento, en que se pudiera decir que esa vida no era humana. Los cambios que ocurren entre la implantación, el embrión de seis semanas, el feto de seis meses y la persona adulta son simplemente etapas de crecimiento y maduración."

La misma Asamblea del Consejo de Europa, reunida en Estrasburgo, el jueves 18 de octubre de 1979, adoptó una resolución (la 4.376) en la que condena el aborto y confirma el derecho a la vida desde el primer momento de la concepción.

Dicha Asamblea, con representacionbes de 21 países, sólo se limitó a sacar una consecuencia que se desprende de la ciencia biológica, a saber: que la vida humana comienza en el mismo momento de la concepción.