miércoles, 28 de julio de 2010

¿Soy un ángel?

Cuando oímos hablar sobre estos particulares seres siempre viene a nuestra mente la imagen de un auxilio inmediato y oportuno, alguien con enormes alas y armadura. Pareciera que fuera algo de la imaginación pero en realidad no es así.
Ellos están más cerca de lo que pensamos y en lo personal puedo asegurarles que he visto ángeles y he podido ser uno de ellos.

Lo que pretendo mostrar es que a veces esperamos que nos caigan las cosas del firmamento, que baje Dios mismo del cielo y nos conceda la ayuda que necesitamos… pero por andar mirando hacia arriba no nos damos cuenta que la ayuda esta aquí, al lado, y no somos capaces de verla.

Tengo la fuerte convicción de que cada uno de nosotros se encuentra aquí por algo, y no me refiero a un solo objetivo sino a varios que se nos van presentando conforme pasa el tiempo. Nadie esta aquí en vano y mucho menos es una improvisación.

Tenemos la capacidad de ser alivio para los demás, de dar la mano justo en el momento preciso y hacer la diferencia para alguien. Eso es a lo que llamo ser un ángel y para ello no se necesita nada extraordinario, solo querer serlo.

Recordemos que los hombres ordinarios son los que hacen cosas extraordinarias.

Si de verdad entendiéramos la responsabilidad que tenemos unos con otros, el mundo sería mejor, al fin y al cabo es el resultado de nuestras acciones. Les dejo una pequeña historia para reflexionar, una que nos recordará que una vez más podemos tocar favorablemente muchas la vida de otras personas.

Un niño de 10 años estaba parado frente a una tienda de zapatos, descalzo, viendo a través de la ventana y temblando de frío.

Una señora se acercó al niño y le dijo:
- “Mi pequeño amigo, ¿Qué estás mirando con tanto interés en esa ventana?”.

- “Le estaba pidiendo a Dios que me diera un par de zapatos”. Fue la respuesta del niño.

La señora lo tomó de la mano y entraron a la tienda. Le pidió al empleado media docena de pares de calcetines para el niño y preguntó si podía darle un recipiente con agua y una toalla.
El empleado le trajo lo que pidió y ella llevó al niño a la parte trasera de la tienda y se los secó, para entonces el empleado llegó con los calcetines.

La señora le puso un par al niño y le compró un par de zapatos. Juntó el resto de los calcetines y se los dio al niño. Le acarició la cabeza y le dijo:

- “¡No hay duda mi pequeño amigo que te sientes más cómodo ahora!”.

Cuando ella daba la vuelta para irse, el niño le agarró la mano y mirándola con lágrimas en los ojos, le preguntó:

- “¿Es usted la esposa de Dios?”.

miércoles, 21 de julio de 2010

Honorarios Profesionales

Hoy en la tarde recibí una llamada en mi oficina de alguien que afirmaba conocerme, la verdad no lo reconocí pero finalmente se comunicó para que le ayudara con mis servicios en unos asuntos legales.

Al comienzo quería una consulta telefónica, y eso para mí quiere decir gratis. Le dije que por teléfono no le resolvería nada y que si quería tendría que programar una cita. Una vez concertada, (él no había hecho ningún otro comentario) le dije el valor de mis honorarios y su tono de voz subió con sorpresa.

Así las cosas, el “repentino” afán que tenia desapareció hasta quien sabe cuando.

Esta situación solo me muestra que hay gente que simplemente abusa o se quiere pasar de listos con otros. De alguna manera se han acostumbrados a la mediocridad y a la falta de respeto al trabajo pero sobre todo a la persona.

Si las cosas fueran tan sencillas ¿por qué no las arregla él mismo? Es necesario reconocer que no sabemos muchas cosas pero que quien puede ayudarnos tiene cierta experiencia y conocimiento que merece su justa recompensa. Quiero ser clara en esto, no se trata de dinero sino de justicia.

Esto me hizo acordar de un e mail que me enviaron hace algunos años y que hoy quiero compartir con ustedes:

“Algunas veces es un error juzgar el valor de una actividad simplemente por el tiempo que toma realizarla.“

Un buen ejemplo es el caso del ingeniero que fue llamado a arreglar una computadora muy grande y extremadamente compleja... una computadora que valía 12 millones de dólares. Sentado frente a la pantalla, oprimió unas cuantas teclas, asintió con la cabeza, murmuró algo para sí mismo y apagó el aparato.

Procedió a sacar un pequeño destornillador de su bolsillo y dio vuelta y media a un minúsculo tornillo. Entonces encendió de nuevo la computadora y comprobó que estaba trabajando perfectamente.

El presidente de la compañía se mostró encantado y se ofreció a pagar la cuenta en el acto. ¿Cuánto le debo? -preguntó.

- Son mil dólares, si me hace el favor.

- ¿Mil dólares? ¿Mil dólares por unos momentos de trabajo? ¿Mil dólares por apretar un simple tornillito? ¡Ya sé que mi computadora cuesta 12 millones de dólares, pero mil dólares es una cantidad disparatada! Le pagaré sólo si me manda una factura perfectamente detallada que la justifique.

El ingeniero asintió con la cabeza y se fue. A la mañana siguiente, el presidente recibió la factura, la leyó con cuidado, sacudió la cabeza y procedió a pagarla en el acto, sin chistar. La factura decía:

Servicios prestados:

Apretar un tornillo.......................... 1 dólar

Saber qué tornillo apretar.............. 999 dólares.

RECUERDA: "SE GANA POR LO QUE SE SABE, NO POR LO QUE SE HACE"

miércoles, 14 de julio de 2010

Nacidos del corazón

Hoy quiero compartirles dos historias sobre la adopción, espero sea de su agrado.

La maestra Debbie Moon estaba estudiando con su grupo de primer grado la pintura de una familia.

En la pintura había un niño que tenía el cabello de color diferente al resto de los miembros de la familia. Uno de los niños del grupo sugirió que el niño de la pintura era adoptado. Entonces, una niña del grupo le dijo:

- Yo sé todo de adopciones porque soy adoptada.
- ¿Qué significa ser adoptado? Preguntó otro niño.
-Significa-dijo la niña- que tu creces en el corazón de tu mamá en lugar de crecer en su vientre.
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Hola. Recién llego a mi oficina y durante la mañana he acudido a un cementerio para darle cristiana sepultura a un amigo fallecido. Después de las honras fúnebres me despedí de la familia y, como acostumbro hacer, suelo pasearme por entre las tumbas de quienes yacen enterrados en este cementerio.
Es inmenso, todo verde... Y pienso: ¡Cuántas historias se guardan en ese lugar! Por ello, quiero contarte lo que me acaba de suceder: En el caminar por el campo santo encontré a un joven que se ayudaba para caminar con muletas, me acerqué a él y le dije si podía acompañarlo en sus rezos. Por supuesto, me dijo, lo conozco a usted, sé que es un sacerdote, mi mami lo escuchaba con mucho cariño en la radio y estoy seguro que ella lo ha traído aquí para que, juntos, le recemos.

Mi historia es muy especial. Nací del corazón de mi madre. Desde que yo era muy pequeño ella me crió y, por sobre todas las cosas, lo más importante para mí es que nunca me sacó de su corazón. En su casa había una joven que le ayudaba en sus tareas domésticas. Un día la joven quedó embarazada y fui el fruto de ese embarazo, dándome a luz en el Hospital. Cuando mi mamá biológica me llevó a casa, teniendo apenas una semana, ella se fue y nunca más regresó. Nací con un problema en las caderas, por lo que he necesitado, por años, unos largos y dolorosos tratamientos.

Recuerdo de niño, cuando mi mami a quien hoy lloro ante esta tumba, me llevaba en su Volkswagen color rojo al Hogar Clínica San Juan de Dios, donde por interminables horas hacían mi terapia. Recuerdo un día que estábamos jugando en un parque, me acerqué a ella y le pregunté: -¿Mami, por qué soy tan diferente a ti? ¡Diferente! -me dijo ella-. ¿Acaso tú y yo no hemos aprendido a amar juntos?, ¿acaso tú y yo no sonreímos de igual manera?, ¿acaso tú y yo no pensamos igual de la vida? ¿Quién te ha dicho que tú y yo no somos iguales? -No mami, tu piel no es igual que mi piel, tus ojos no son iguales que mis ojos.

Ella se quedó observándome. Su limpia mirada se vio acompañada por unas lágrimas y con mucha ternura me llevó hacia su pecho y sin dejarme un segundo me contó cómo había nacido yo. Mientras ella hablaba noté que su corazón latía muy fuerte y le dije: -Mami, tranquila, tú me has enseñado a amar y yo siempre seré tu hijo.

Después de lo que te acabo de contar, el joven me habló de la grandeza de espíritu de su madre, porque ella siempre le inculcó el amor a su madre biológica. Sobre todo rezábamos, a partir de ese momento, para que el Altísimo bendijese a aquella mujer que en su vida no había tomado la mejor decisión; sin embargo: Dios sabe escribir recto aún sobre renglones torcidos. A todas las mamás: ¡Feliz día! Gracias por llegar hasta aquí. ¡Hasta la próxima semana! ¡Que Dios nos bendiga!

Padre Pablo Larrán García

miércoles, 7 de julio de 2010

La Magnanimidad

El valor que nos hace dar más allá de lo que se considera normal, para ser cada día mejores sin temor a la adversidad o a los inconvenientes.

El valor de la magnanimidad es poco conocido, poco entendido y su definición formal tampoco nos lleva demasiado lejos. Todas las definiciones nos hablan de “ánimo grande” o “espíritu grande”. Nos quedan más claros los conceptos contrarios de la magnanimidad: mezquindad, tacañería, pusilanimidad. La magnanimidad es una disposición hacia dar más allá de lo que se considera normal, de entregarse hasta las últimas consecuencias, de emprender sin miedo, de avanzar pese a cualquier adversidad. El ánimo grande, la magnanimidad, es el valor que convierte a un simple ser humano en un héroe.

No debemos confundir una grandeza de ánimo con una motivación extraordinaria e impulsiva para realizar algo, los valores se practican independientemente del buen humor y entusiasmo con que recibimos el día y de la simpatía que tengamos por las personas.

En el momento que vivimos estamos propensos a conformarnos con lo que somos: calculadores y egoístas, orientando nuestros esfuerzos a la adquisición de bienes materiales y a la búsqueda de riqueza... para lograr esto último no hace falta magnanimidad porque la ambición es suficiente. Un ánimo grande se caracteriza por la búsqueda de su perfección como ser humano y la entrega total de su persona para servir a los demás desinteresadamente.

Un ánimo grande aleja de sí toda envidia y resentimiento; supera el temor a ser criticado por hacer algo que considera bueno; tiene la capacidad de afrontar grandes retos con paciencia y perseverancia, y sobre todo, la alegría y los buenos modales son rasgos característicos de su personalidad.

¡Qué grandeza de espíritu tiene quien sabe perdonar sinceramente!, sin detenerse a considerar la naturaleza de la ofensa o el mal recibido, comprende y olvida para vivir en armonía con sus semejantes, sabe que al liberarse de esta pesada carga enseña a los demás a vivir el perdón y está en condiciones de lograr la propia paz interior.

Para el magnánimo no existen tareas de ínfima categoría o el temor a cuidar lo que podría denominarse “buena imagen”, actúa con la convicción de cumplir con un compromiso y un deber personal: ayuda a quien goza de menor simpatía en un grupo; saluda con cortesía, cede el paso, o sirve en la mesa al empleado y al amigo por igual; se presta para mover muebles o bultos; asiste con regularidad a sus prácticas religiosas aunque en el medio en que se desenvuelve no sea bien visto.

Toda empresa es un gran reto y las hay de todos tipos, pero las de naturaleza humana son las primeras que deben interesarnos para sacar adelante: los hijos son la empresa para los padres, los alumnos al maestro, los empleados y trabajadores al director de la compañía, el cónyuge, el amigo... ¿Acaso no tenemos deseos de verlos prosperar y ser mejores? El verdadero triunfo de la magnanimidad está en ver por el bienestar de los demás sin medirlos por el beneficio material que puedan retribuir.

Muchas veces pretendemos que las personas mejoren por sí mismas, nos concentramos tanto en sus defectos de carácter, fallas, errores y los convertimos en pretexto para dejar de ayudarlos, nos falta empeño para corregirlos, enseñarles y hacerles entender lo que haga falta para que salgan de esa situación que tanto les afecta. Si son muchos los inconvenientes que vemos en quienes nos rodea, es mucho lo que tenemos que trabajar personalmente en la magnanimidad, para comprender mejor, para servir más...

Sería absurdo pensar que este valor excluye otras realidades de nuestra vida, que también son empresas y retos a alcanzar, como perfeccionar y acrecentar nuestros conocimientos, aspirar a un mejor puesto laboral y alcanzar una posición económica desahogada. ¿Es que estas aspiraciones van en contra de la magnanimidad? Por supuesto que no, se desvirtúan por la intención con que se realizan. Todo aquello a lo que aspiramos, dinero, conocimientos, posición, influencia, deben tener como finalidad un servicio para el prójimo.

Es muy difícil entender el servicio si pensamos únicamente en un beneficio inmediato y personal, lo correcto es enfocar nuestro esfuerzo para traspasar las fronteras del egoísmo: si tengo más conocimientos puedo servir mejor a la empresa o a mi país, porque mejoraré sustancialmente mi trabajo y seré más productivo; al obtener un mejor puesto, estoy en condiciones de llevar a la empresa a un mejor nivel y ofrecer superiores condiciones de empleo; al ganar más, puedo ahorrar, invertir, asegurar el patrimonio familiar y la educación de los hijos.

Consideremos que para lograr una grandeza de ánimo es necesario:

- Cada día y a lo largo del mismo pregúntate: ¿Para qué hago esto? ¿Quiénes se benefician? ¿Puedo hacerlo mejor?

- Haz el propósito de prestar al menos un servicio diariamente en casa, escuela, oficina o a los amigos. No olvides en tu lista: hacer lo que más te disgusta o incomoda y a quien menos te simpatiza.

- Hoy mismo decídete a olvidar tus resentimientos, envidias y juicios negativos respecto a los demás.

- Comienza hoy a mejorar tus modales y ten más cortesía con todos por igual.

- Aprende a soportar las contrariedades con serenidad y a dominar la tristeza que pudiera generarse: comentarios negativos hacia tu persona, sean ciertos o no; el contratiempo profesional o escolar; el negocio que no se realizó...

La magnanimidad es un excelente medio para robustecer nuestra comprensión, el espíritu de servicio, la generosidad, el perdón y el optimismo. Todas nuestras acciones se ennoblecen cuando están al servicio de los demás: el consejo, la ayuda, la compañía y hasta el mismo trabajo, son los medios ordinarios que tenemos al alcance para hacer de nuestras labores y aspiraciones algo grande, algo fuera de lo común, algo que pocos están decididos a hacer.

Hugo Tagle