miércoles, 15 de septiembre de 2010

Transplante de órganos

¿En algún momento de sus vidas no se han preguntado hasta donde son capaces de llegar por alguien desconocido?, ¿si podemos vencer el miedo de hacer algún tipo de sacrificio renunciando a algo que nos pertenece y que tal vez no habíamos valorado hasta ese momento?

Estamos viviendo tiempos es los que impera una forma de pensamiento egoísta, en la que hay que avanzar como sea y si es necesario pisoteando a los que se cruzan en el camino. Parece irónico, pero a medida que avanzamos tecnológicamente nos alegamos de nuestros semejantes, pareciera que los actos de generosidad y de defensa legítima y ética de la vida estuvieran llamados a la extinción.

Sin embargo, afortunadamente, hay algunos cuantos que se empeñan y siguen insistiendo en dar un buen uso al conocimiento que su profesión les aporta y lo ponen al conocimiento de lo que vale la pena defender, porque simplemente vale la pena y reconocen su valor.

En ocasión anterior me referí al transplante de órganos (Tú en mi, yo en ti), el cual sigo considerando un verdadero acto y testimonio de amor por el prójimo. Me permito traer a colación algunos apartes de la intervención del Papa Juan Pablo II a los participantes de un Congreso de transplante en 1991:

«Respecto a la medicina no sería justo rechazar un don de Dios [es decir, la ciencia médica] sólo por el mal uso que hacen de ella algunas personas (...); por el contrario, debemos arrojar luz sobre lo que han corrompido». (San Basilio el Grande).

Con la llegada de los trasplantes de órganos, que empezó con las transfusiones de sangre, el hombre ha encontrado un modo de donar algo de sí mismo, de su sangre y de su cuerpo, para que otros puedan seguir viviendo. Gracias a la ciencia, a la formación profesional y al empeño de los doctores y agentes sanitarios, cuya colaboración es menos evidente pero no menos indispensable para la realización de complicadas operaciones quirúrgicas, se presentan desafíos nuevos y maravillosos. Se nos desafía a amar a nuestro prójimo de un modo nuevo; en términos evangélicos, amar «hasta el extremo» (Jn 13, 1), aunque dentro de ciertos límites que no se pueden sobrepasar, límites fijados por la misma naturaleza humana.

Sobre todo, esta forma de tratamiento es inseparable del acto humano de donación. En efecto, el trasplante supone una decisión anterior, explícita, libre y consciente por parte del donante o de alguien que lo representa legítimamente, en general los parientes más cercanos. Es la decisión de ofrecer, sin ninguna recompensa, una parte del propio cuerpo para la salud y el bienestar de otra persona. En este sentido, el acto médico del trasplante hace posible el acto de entrega del donante, el don sincero de sí que manifiesta nuestra llamada constitutiva al amor y la comunión.

El cuerpo no puede ser tratado como una entidad meramente física o biológica; nunca se pueden usar sus órganos y tejidos como artículos de venta o de cambio. Una concepción tan reductiva y material acabaría en un uso meramente instrumental del cuerpo y, por consiguiente, de la persona. Desde este punto de vista, el trasplante de órganos y el injerto de tejidos ya no corresponderían a un acto de donación, sino que vendrían a ser el despojo o saqueo de un cuerpo.

Además, una persona sólo puede dar algo de lo que puede privarse sin serio peligro o daño para su propia vida o identidad personal, y por una razón justa y proporcionada. Resulta obvio que los órganos vitales solo pueden donarse después de la muerte. Pero ofrecer en vida una parte del propio cuerpo, ofrecimiento que será efectivo después de la muerte, es ya en muchos casos un acto de gran amor, amor que da vida a los demás. Así, el progreso de las ciencias biomédicas ha hecho posible que la gente proyecte más allá de la muerte su vocación al amor. De forma análoga al misterio pascual de Cristo, al morir se vence, de algún modo, a la muerte y se restituye la vida.

Tampoco los receptores de un órgano trasplantado deberían olvidar que están recibiendo un don único de otra persona: el don de sí mismo hecho por el donante, don que ciertamente se ha de considerar como una auténtica forma de solidaridad humana y cristiana. Ante el umbral del tercer milenio en un período de grandes promesas históricas, pero en el que las amenazas contra la vida están resultando cada vez más poderosas y mortales, como en el caso del aborto y la eutanasia, la sociedad necesita estos gestos concretos de solidaridad y amor generoso.

2 comentarios:

  1. "Tampoco los receptores de un órgano trasplantado deberían olvidar que están recibiendo un don único de otra persona: el don de sí mismo hecho por el donante, don que ciertamente se ha de considerar como una auténtica forma de solidaridad humana" CON ESTA PARTE DE TU POST, ESTOY TOTALMENTE DE ACUERDO. Y HACES MUY BIEN EN REMARCARLO, VERO ! Un beso amiga LUCHADORA !!!

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  2. ¿Luchadora? me falta mucho para ganarme esa palabra... digamos que me dedico a tratar de llamar la atención sobre algunos temas que considero importantes.

    Gracias Mabel por tu visita. Un abrazo Luchadora

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